Presencia y disociación: cuando una parte de nosotras no está aquí

Hay momentos en consulta en los que la persona que tenemos delante habla, responde, incluso sonríe… y sin embargo sentimos que no está del todo. Su voz cuenta algo doloroso con una calma que no encaja. Su cuerpo parece lejano. Su mirada no está del todo aquí y ahora, -fija, inmobil, hasta pareciera congelada -.  O simplemente hay recuerdos que no aparecen, huecos en la historia que nadie consigue llenar.

Eso que percibimos tiene nombre: disociación. Y el único antídoto es la presencia.

Dos polos de un mismo eje

Estar presentes es estar aquí y ahora, por dentro y por fuera. Sentir el cuerpo, las emociones, los pensamientos y la dimensión espiritual de lo que ocurre en este momento, sin que una parte de nosotras se quede atrapada en el pasado o se vaya a otro lugar.

La disociación es justo lo contrario. No es un fallo ni una debilidad: es una forma muy sabia con la que el sistema se protege de lo que en su momento fue demasiado. Cuando algo resulta insoportable, una parte se separa para que podamos seguir adelante. Por eso la disociación puede aparecer en la mente (olvidos, lagunas), en el cuerpo (no sentirlo, sentirse fuera de él), en las emociones (no sentir o no poder expresar) o incluso en la conexión espiritual.

El trauma como gran interruptor de la presencia

Asha Clinton, creadora de la Terapia Integrativa Avanzada (AIT), lo resume en una frase: la presencia es lo contrario del trauma. Cuanto más trauma sin resolver llevamos, más difícil es estar plenamente aquí.

Por eso el trabajo con la disociación tiene dos movimientos que se acompañan: por un lado, tratar las huellas del trauma que nos sacan del presente; por otro, cultivar una presencia cada vez más amplia. Y esto no vale solo para las personas que acompañamos. También vale para nosotras, porque nuestra propia presencia es el suelo sobre el que se sostiene cualquier proceso terapéutico.

Una mirada que va más allá de lo individual

Desde mi trabajo con el trauma colectivo y ancestral, veo a menudo cómo la disociación no es solo una historia personal. Hay familias y comunidades enteras que aprendieron a no sentir, a no recordar, a callar lo que dolía para poder sobrevivir. Reconocerlo con respeto, sin forzar nada, es parte del camino de vuelta a la presencia.

Seminario Presencia y Disociación

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Cristina Martínez Olivé