Entre el fuego y la piel: Un camino espiritual con tensiones, respeto y humildad

Desde el año 2013, emprendí un sendero que transformó mi existencia: la formación como Ajq’ij en Guatemala, guiada por mi Nana del pueblo K’iche’. Este viaje, profundo y revelador, confluyó en el corazón de Momostenango.

Momostenango, municipio enclavado en el departamento de Totonicapán, en el altiplano occidental de Guatemala, es mucho más que un punto en el mapa. Su nombre, heredado del Náhuatl, evoca la fusión y el mestizaje de pueblos mesoamericanos desde tiempos ancestrales. Momoztli, «altar», y Tenam(co), «lugar amurallado», nos hablan de un centro ritual, de un espacio de encuentro y peregrinaje que trasciende el Altiplano y el área maya.

Conocido como el «lugar de los altares», Momostenango se erige como referencia espiritual mesoamericana, un santuario donde convergen personas, antepasados y culturas. A pesar de su relevancia, viva aún en el presente, persisten intentos de erosionar su legado: desde el interior, con voces locales que reniegan de su herencia, hasta intereses políticos, sociales y económicos que perciben como amenaza la organización de un pueblo a través de su espiritualidad.

A lo largo de más de un año, caminé junto a mi Nana Virginia Ajxup Pelico y otras personas de la comunidad, recorriendo altares dispersos por Guatemala: valles, volcanes, ríos y cuevas, donde presenté mis ofrendas y solicité los permisos a los abuelos y abuelas. Cada altar maya visitado fue un acto de armonización entre las energías de Uk’u’x kaj, Corazón del Cielo, y Uk’u’x Ulew, corazón de la tierra.

Lugares sagrados como Pascual Abaj en Chichicastenango; Tzan Kruz en Totonicapán; Nima Joy en Sololá; La Cueva de las Minas en Esquipulas; Oxlajuj Kan en Quetzaltenango; y Kaminal Juyu en Ciudad Guatemala, entre otros. Además, los altares de Momostenango —Ch’uti Sab’al, Pak’olom, Paja, Wajxob, Nima Sab’al— y los cuatro altares mayores: Mundo Kilaja (Kej), Sokob (Ajpu), Tamanku (Aj) y Pipil (Kame).

Este proceso me abrió a una cosmovisión que aún a pesar de no ser de mi origen me enseñó a contemplar la vida desde la red invisible de interconexiones que sostiene el mundo.

Más de un año caminando cada trece días junto a mi maestra (Nan), tras 60 ceremonias previas en cerros sagrados, de presentación y compromiso ante cerros, valles, antepasados, abuelas y abuelos, y energías creadoras y formadoras, llegó el día en que recibí mi Pisom Q´aq´al (envoltura sagrada) y mi Chak Patan: el compromiso, el cargo con la comunidad. Comenzando por el altar Ch’uti Sab’al, en el barrio Santa Isabel durante la festividad del 8 B’atz’ en Momostenango, y culminando en Nima Sab’al para abrir el camino.

Recibir el Chak Patan, el compromiso de “Mi trabajo, mi servicio, mi mezcla, mi punto”, presentado y aceptado por el fuego sagrado, ha sido desde entonces mi deber, asumido con humildad y profundo respeto, para acompañar a través del Xukulem Mejelem (las ceremonias sagradas), trabajando por el bien común de la humanidad, acompañando a personas y grupos en momentos de júbilo, solicitando apoyo y fortaleza en la adversidad, y pidiendo perdón por los actos que, voluntaria o involuntariamente, hieren a otras personas.

El aprendizaje con mi maestra fue un acto de caminar y escuchar. Cada altar, cada río, cada cueva, se transformó en espacio de enseñanza. Ser Ajq´´ij no es un título, sino un compromiso de servicio comunitario, un llamado a acompañar procesos de sanación y a contribuir para que la humanidad retome el sendero de la vida frente al de la destrucción.

Como mujer blanca de España, mi andar por este sendero despierta preguntas y tensiones. Hay quienes me han señalado como extractivista cultural, reduciendo mi experiencia al color de mi piel y a mi origen europeo. Reconozco esas críticas y las abrazo con respeto, pues son reflejo de heridas históricas y de la necesidad de proteger saberes ancestrales, tantas veces robados y expropiados junto a sus cuerpos-territorios y sus memorias. También como persona que pertenece a la diversidad sexual, mi presencia junto a mi pareja también generaba inquietudes y nuevas preguntas.

Sin embargo, lo que siempre me conmovió fue que, a pesar de los conflictos internos de quienes me acompañaban —mi propia Nana, Tat y otros guías espirituales que caminaron junto a nosotras los altares mayores—, la formación seguía adelante. Cada vez que consultaban al fuego, este abría el camino con fuerza, y así, más allá de sus propias luchas, debían continuar.

Para mí, este camino no es apropiación ni exotismo. No es un acto de tomar, sino de devolver. Es un compromiso de servicio, una entrega consciente y respetuosa a una cosmovisión que me ha transformado y a la que procuro honrar en cada paso que doy o en cada proceso que facilito. Mi intención no es extraer saberes para mi propio beneficio, sino devolver lo aprendido en prácticas que cuiden y dignifiquen la raíz, procurando no desvirtuar su esencia, aunque mi cosmovisión de origen sea distinta. No recibí este servicio para mí misma, sino como un acto consciente de compromiso con la vida misma.

No pretendo hablar en nombre de la cosmovisión maya, ni robar la voz de quienes han custodiado estos saberes durante generaciones. Mi propósito es compartir cómo este camino me ha transformado y cómo intento vivir en coherencia con lo recibido, tanto en mi ser como en mi labor de acompañamiento. Cada ceremonia, cada enseñanza, la asumo como un acto de reciprocidad y de responsabilidad, consciente de las heridas históricas y de la necesidad de proteger los saberes ancestrales.

Mi compromiso es caminar con humildad, respeto y gratitud, devolviendo a la comunidad y al fuego sagrado lo que me ha sido entregado, y procurando que mi presencia no sea una sombra que opaque, sino un puente que acompañe y sostenga, desde la escucha y el servicio.

Hoy asumo ser puente, no sólo para dar a conocer la cosmovisión maya, sino desde la profunda convicción de que sólo recuperando los saberes ancestrales de cada territorio —incluida la península ibérica— podremos reconectarnos a nuestra verdadera esencia y de este modo tender esos puentes necesarios para superar los momentos de sombra colectiva que nos acecha a la humanidad, pero también en relación con la forma de habitar este cuerpo-territorio llamado Planeta. Creo que la sanación y el buen vivir sólo serán posibles si honramos la diversidad de raíces y tejemos juntos caminos de respeto y reciprocidad honrando la red de la vida.

Igualmente, escribo estas palabras no para reivindicar mi lugar en el mundo, sino para abrir un diálogo que brota con fuerza de mis propias dudas, interrogantes y tensiones. No pretendo tener todas las respuestas, pero sí compartir mi vivencia y reconocer las tensiones que surgen. Hace ya más de doce años, frente a una situación personal profunda, surgió la posibilidad de que mi energía estuviera pidiendo iniciar un camino que ni siquiera podía comprender en ese momento. Transitar este sendero siendo una mujer blanca española no sólo me sorprendió a mí misma, sino que, tras recibir con valentía y amor todo lo que se me ofreció con rigor y severidad, ahora sólo puedo responder con humildad, respeto y servicio.

Tal vez, al poner estas reflexiones en palabras, podamos encontrar juntas nuevas formas de honrar la vida y la diversidad de caminos que nos sostienen, para establecer puentes que sanen las heridas pendientes y compartidas, y así acompañar el buen vivir y cambiar el rumbo del mundo ante tanta violencia, explotación, destrucción y desigualdad.

Cristina Martinez Olivé